El rostro en el espejo de Carmen González Huguet


“La casa es una metáfora del país. El Salvador es una casa con fantasmas”, afirma la autora en una entrevista de 2006. “Básicamente la idea es que mientras uno no arregle cuentas con el pasado, vamos a tener que vivir la lección una y otra vez”, añadió.  ¿Qué nos dice esta novela del país?

El rostro en el espejo cuenta la historia de Isabel Osorio, una mujer que llega al país de origen de su madre para recibir una herencia.  "Había recibido una carta, en medio del caos que en ese momento era mi vida, anunciándome que debía recibir una herencia en un remoto país del que sólo sabía que era el origen lejano de mi madre, pero al que no me unía ningún lazo particular, con el agravante de que en aquel momento ese lugar padecía una guerra civil"(10). Isabel descubre que la casa y el jardín que encuentra en estado de abandono están llenos de presencias que interrumpen su trabajo de restauración.  Las presencias que ocupan la casa son almas en pena que han sufrido muertes violentas y llevan en sus cuerpos los cicatrices de la violencia.  Sus cuerpos son como archivos que recuerdan el pasado violento.

Tata, un indígena de avanzada edad le ayuda a Isabel a domesticar la casa y el jardín: "Se presentó un día antes del amanecer, llenó el aire tenso y azul con sus sahumerios perfumados y con el ruido ritual de las calabazas de morro, y aplacó la furia vengadora de las zarzas, que admitieron por primera vez la disciplina tajante del machete"(12).  Tata ha conservado el idioma, la cultura y la memoria indígena.  Según Rafael Lara Martínez en “Mujer y Nación” esta unión entre Isabel y Tata representa un nuevo mestizaje donde se conserva la independencia e integridad de las culturas y se reconoce la multiplicidad cultural.  Esto se contrasta con nociones de hibridismo y transculturación en que cada grupo cultural que entra en contacto pierde algo de su cultura original.  La unión que propone González Huguet es ante todo una alianza provisional por el bien mutuo.

Tata y Isabel llevan a cabo un pacto de reconciliación con las presencias de la casa que para el ciclo de la violencia (Rafael Lara Martínez, "Mujer y Nación" 378).  El pacto representa la paz dentro de un microcosmos nacional.  A pesar de que la novela de Carmen González Huguet se escribe después de la firma del acuerdo de paz que termina la guerra en El Salvador en 1992, la paz social todavía está por hacerse.  La Tía Elena le señala a Isabel: "Has logrado construir un trozo de paz en un país donde ni los muertos podían descansar".  Isabel afirma que es por construir pequeños espacios de paz que se empieza.