La vida del arte público

Séptimo Sentido La Prensa Gráfica, 8 de enero 2016

Hoy en una pausa de tráfico en el redondel de la plaza de El Salvador del Mundo tuve la oportunidad de mirar detenidamente unos minutos el monumento a Monseñor Romero.  El ícono de la paz parecía estar congelado en el acto de bendecir la ciudad; alzaba la cruz en la dirección de un nudo de buses, una Pizza Hut, un Pollo Campero más atrás, un Wendy’s al otro lado de la calle y el edificio financiero internacional de Ubiquity Global Services.  En la otra esquina irrumpían varios edificios formidables del banco multinacional canadiense Scotiabank.  Noté, además, que la verja de hierro alrededor de la imagen estaba desteñida por la lucha constante contra marcadores permanentes y las pinturas en aerosol.

El arte público termina siendo muchas veces un escenario para las tensiones entre la memoria histórica y el esquema visual de las ciudades modernas.  De hecho, la necesidad constante de restaurar monumentos, de borrar el grafiti y de reparar otros agravios es prueba suficiente de la brecha entre la iconografía histórica y el presente.  Nada más irónico que un Monseñor Romero flanqueado por una serie de corporaciones multinacionales ya que el arzobispo simboliza para muchos el espíritu de lucha para liberar a la población salvadoreña de la concentración del poder económico, social y político.

Recuerdo haber leído en varias instancias sobre el vandalismo y las restauraciones del monumento al asesinado arzobispo.  Hace poco tenía cercenada la mano derecha, había sostenido daños en la pintura del rostro y le había sido robada una placa.  Las reparaciones se hicieron a tiempo para la ceremonia de beatificación en 2015.  Antes de eso una parte del rostro fue destruida tras una marcha por un conflicto entre la Asamblea Legislativa y la Corte Suprema de Justicia.  En otro momento los relieves de los rostros al fondo del monumento, símbolos del pueblo, habían sido manchados por candelas derretidas.

En la calle, los símbolos de la memoria histórica no son estáticos; se transforman como parte del diálogo con las contradicciones del presente.  Así es la vida del arte público.  Muy diferente a la de los objetos históricos que se guardan en los museos saliéndose de esta forma de la historia y evadiendo un contacto dinámico con la sociedad.  En cambio, los monumentos y los murales públicos se abren a una negociación urbana constante que por ratos interrumpe el arte con signos agregados como las manchas y el vandalismo antes mencionados.  No se debe ignorar el hecho que estas “interrupciones” también están cargadas de significado; en el caso del monumento de Romero nos revelan algo de la polémica de la memoria en el país y de la resistencia a las imposiciones oficiales de la memoria.

En un análisis de los monumentos históricos en la ciudad de México el crítico cultural Nestor Canclini pregunta qué significado conservan los monumentos históricos frente al dinamismo urbano y el lenguaje transitorio de anuncios, grafitis, tráfico y de comercio.  Podemos hacer un análisis semejante de los monumentos salvadoreños tomando en cuenta la composición total; la memoria histórica inmóvil superpuesta sobre un paisaje urbano en constante movimiento.  Aunque quizás sea una propuesta impráctica sería valioso que en vez de reaccionar irreflexivamente borrando las señas urbanas de los monumentos públicos, las documentáramos como parte del significado actual.  De igual forma habría que leer los monumentos públicos no como símbolos apartados en plaza-museos sino contra el trasfondo de la ciudad.  En fin, lo mejor del arte público es que nos pide una mirada contextualizada dentro del vívido y dinámico presente.