LA NIÑA LILIAN DEL NORTE

La directora de ICE hizo énfasis en informar más a la población sobre riesgos de migrar de forma ilegal. / Ó.M.
(*) En una foto tomada en una conferencia de prensa reciente, Sarah Saldaña, la directora de la Oficina de Inmigración y Control de los Estados Unidos, alza dos folletos sobre la inmigración, aferrándose a estos con uno en cada mano y reclamando las cifras crecientes de salvadoreños detenidos en la frontera. Su expresión y sus gestos me hacen pensar en la niña Lilian, la salvadoreña tosca que salió en los medios de comunicación reclamando la falta de agua potable. Y la verdad es que a pesar de las diferencias obvias entre las dos, ambas son mujeres imponentes que representan a sus comunidades, solo que una lo hace desde la periferia y la otra desde el centro hegemónico de poder.

Saldaña pregunta por qué crecen los números: “Hay un aumento en los números de gente que está tratando de entrar a Estados Unidos (...) por eso estoy aquí”. Luego recuerda que según los patrones migratorios durante la temporada “siempre hemos visto los números bajar, este verano no. ¿Por qué es? Nada ha cambiado, todavía las cortes emiten órdenes de deportación y vamos a detener gente en los centros (de detención) y van a regresar (a sus países). Los datos son los datos”, concluyó. No queda claro si su pregunta sobre el número de migrantes es retórica o si realmente no sabe. A lo mejor entiende de una forma conceptual la violencia, la delincuencia, la falta de oportunidades y la contaminación, pero nunca ha tenido la experiencia de agua sulfúrica saliendo del chorro. Lo que sí afirma el “no saber” de Saldaña es su privilegio; el lujo de la displicencia, su distancia emocional y su comprensión superficial de la situación de los migrantes salvadoreños.

Pero la realidad es que el centro no tiene por qué entender la periferia más que en términos estadísticos y especulativos. Y esto nos lleva a otra diferencia significativa entre Saldaña y personas como la niña Lilian a quienes les toca vivir la situación desde adentro, desde la periferia global, y tratar de llamar la atención del centro. Estados Unidos puede intervenir en la política del país como hizo en la guerra más reciente, integrarse en la economía centroamericana con sus Walmart, Mcdonalds, Olive Garden e introducir el dólar como la moneda nacional de El Salvador sin vivir las dinámicas sociales y los retos cotidianos del país. Esto es la naturaleza del imperialismo cultural y del colonialismo en que las relaciones son por antonomasia desiguales y favorecen a la población con más poder.

Saldaña, igual a la mayor parte de los estadounidenses, no se preocupa por los retos de las comunidades salvadoreñas ni comprende por qué la gente sale de ellas rumbo al norte, y, sin embargo, depende de la exclusión de estos grupos. Así funciona el centro, su existencia parte del desplazamiento de la población global hacia la periferia. En fin, aunque el Gobierno de Estados Unidos no asuma responsabilidad alguna por la crisis de posguerra en El Salvador, es importante recordar que la centralidad de ese país no es un devenir histórico “natural”, sino un proyecto construido a lo largo de varios siglos con estrategias deliberadas y afirmado con capital y con poder militar. Es decir, la razón por la que están y seguirán aumentando los números de migrantes salvadoreños a Estados Unidos es porque existe un centro que absorbe y monopoliza los recursos. Sin tener que saber de su vida o siquiera de su existencia, Sarah Saldaña depende de la exclusión de personas como la niña Lilian. La existencia de la una engendra a la otra.

(*) Evelyn Galindo. "Meridiano 89 Oeste" de Séptimo Sentido.  La Prensa Gráfica. 11 de sept 2016.