Mango Twist. El cosmopolitismo salvadoreño

14 de agosto en Meridiano 89 oeste, Séptimo Sentido. La Prensa Gráfica

El Salvador es un país cosmopolita, es decir, somos una nación en que la identidad corresponde a un imaginario global que se extiende más allá de la comunidad local inmediata.  Por las migraciones masivas de la guerra más reciente y las que siguen dándose en la actualidad de “posguerra”,  los salvadoreños somos “ciudadanos del cosmos.”  No es el cosmopolitismo en el mismo sentido de sofisticación urbana que caracteriza a ciudades globales como Nueva York, Hong Kong, Dubai, Amsterdam, París o Londres, pero sí que somos un experimento en lo pos-nacional.

Solo hace falta pensar en la noción del hermano lejano, que ya de por sí es un reto a la identidad nacional, donde se confunden conceptualmente lo local y lo global.  Luego está la economía que depende de las remesas familiares que proceden en su gran mayoría de Estados Unidos, donde residen 2.7 millones de salvadoreños y que representan el 17 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).  Con su serie fotográfica “Estilo hermano lejano” el artista salvadoreño Walterio Iraheta documenta una arquitectura “local” propia que ha surgido de las remesas de los que viven fuera y mandan dinero para que sus familias construyan gradualmente sus casas.  Los patrones recurrentes de esta fusión arquitectónica de lo local y lo global  convergen en un estilo caracterizado por la construcción progresiva y la mezcla de influencias barrocas, kitsch y elementos decorativos que revelan influencias internacionales.

Así es que nuestra variante salvadoreña del cosmopolitismo incorpora facetas de lo provincial y lo global en un curioso sincretismo cultural.  Por ejemplo, hace poco me sorprendí de que un campesino en una zona rural aislada, sin agua ni luz, me señalara un ave  “con el copete como la Rihanna.”  El hombre quería que me fijara en una urraca, pero su referencia a la estrella de música mundial me hizo reflexionar sobre la forma en que había incorporado un símbolo cultural como Rihanna en su cotidianidad de una manera tan orgánica.

Este sincretismo de lo local y lo global satura la cotidianidad creando combinaciones de productos y prácticas culturales que parecen piezas posmodernas que retan la modernidad con una defensa de la cultura popular, la hibridación, el eclecticismo y un elemento comercial.  En la capital pasa un bus típico salvadoreño con un cartel atrás que anuncia una gaseosa “a solo dos coras” y las carteleras de las multinacionales Coca-Cola, Netflix y Starbucks sugestionan constantemente con un collage de cultura y bienes estadounidenses.  Ayer compraba fruta de una carreta humilde pintada con el nombre transcultural “Mango Twist” y hoy sin pensarlo dos veces pagamos la sopa de gallina india con la moneda nacional, el dólar.

Hace poco estaba en el aeropuerto de Comalapa a medianoche, esperando el aviso de abordaje en la sala de Delta.  Me encontré entre una mujer que iba a visitar a su hija que vivía en Atlanta hacía seis años y un adolescente salvadoreño que se salía de la sala a cada rato en su terquedad de buscar y capturar Pokemon.  Me puse a fijarme en los demás viajeros, algunos con una clara intención de hacer turismo y otros que regresaban a hogares más permanentes.  Pensé en el trabajo teórico de Kwame A. Appiah donde propone que los verdaderos cosmopolitas son los que difícilmente consiguen visas y permisos de viajar pero que se nutren del imaginario global construido por el neo-colonialismo, los medios de comunicación y las diásporas.  Sería casi imposible ya desenmarañar lo local de lo global. Es  más, no tendría sentido hacerlo; para una gran parte de los salvadoreños como el campesino conocedor de Rihanna y la vendedora de mangos con una inclinación por el inglés, proyectarse en un imaginario global se convierte en una estrategia para resistir las exclusiones y las indignidades de lo local.