Sunday, August 28, 2016

Sobre el busto de bronce ...

Empecé a oír los murmullos de un busto en bronce de Mauricio Funes hace un par de semanas luego de una serie de allanamientos de las propiedades asociadas con el expresidente.  Una de las primeras preguntas que se hacía la gente era ‘Quién es el artista?’  Se esclareció la cuestión de la autoría del busto unos días después en los medios sociales cuando el escultor nacional Rúben Martínez Bulnes explicó que él había hecho el busto del expresidente:

Yo hice la escultura de Funes que encontraron en su casa por encargo de su esposa. Funes y un señor Castrillo me condenaron porque hice la escultura de Roberto D’Aubuisson; el primero escribió que yo era asesino escuadronero y el otro me descalificó para recibir el premio nacional de cultura rama escultura.  Este señor cuenta que él se opuso rotundamente ante el jurado.  Hoy con la escultura de Funes, bondadoso, sonriente, mejorado como me lo pidieron, cipote sin papada, demuestro que mi trabajo no tiene bandera política. [cambios de puntuación al original para aportar claridad al texto EG]

Para muchos que comentaron en los medios sociales el día que encontraron el busto y otros objetos de lujo como vehículos, armas y un par de botas de oro, la exuberancia de la obra en bronce es un símbolo de la traición a las masas de un gobierno “populista.”  Sin embargo un análisis iconográfico nos exije una mirada más penetrante para entender las intenciones del artista de "derecha" al aceptar el encargo.  El escultor explica su giro hacia una temática de izquierda de la siguiente manera: “Puedo hacer un paladín, un prócer, un gran personaje, un político, un diputado, un señor y al mismo Castrillo si tiene el dinero para pagarme.”  El cinismo de esta declaración nos hace ver cierto vacío en el que se encuentra el arte de posguerra, pero también abre una oportunidad para cuestionar la polarización del arte actual.

Según Rubén Martínez Bulnes después de hacer una estatua del mayor Roberto d’Aubuisson, fue vinculado políticamente con el partido ARENA.  En una entrevista con El faro del 30 de octubre de 2009 el artista explicó “Me han machacado mucho porque hice la estatua de d’Aubuisson. ¡Pero también les hago a Schafik Hándal! Pero no para ponerlo en una plaza.  Se los hago para ponerlo en un cementerio o en la sede de un partido político, como lo hice con el mayor.”  Con poner ojo al espacio donde se piensa instalar un monumento el artista marca su interés en hacer arte y no propaganda ya que el espacio público se presta a la publicidad política mientras que los espacios privados suelen no tener esta función.

¿Qué representa el busto para el escultor?  El mismo artista nos dice que fue un encargo como cualquier otro, pero por los conflictos entre el artista y el campo cultural es preciso leer la temática de izquierda en diálogo con el trabajo anterior de Rubén Martínez.  Así es que el busto de Funes representa un cuestionamiento crítico de la politización del campo cultural nacional, de sus maneras de valorar una obra de arte, de sus sistemas de proyección de artistas y de los espacios de exposición y difusión de la producción cultural.  Por lo tanto el busto es una importante protesta del artista frente los paradigmas políticos del campo cultural que restringen el desarrollo creativo del país.  Con todo y aunque su arte no sea de “derecha” o de “izquierda” sigue siendo una obra muy política.

Sunday, August 14, 2016

Mango Twist. El cosmopolitismo salvadoreño

14 de agosto en Meridiano 89 oeste, Séptimo Sentido. La Prensa Gráfica

El Salvador es un país cosmopolita, es decir, somos una nación en que la identidad corresponde a un imaginario global que se extiende más allá de la comunidad local inmediata.  Por las migraciones masivas de la guerra más reciente y las que siguen dándose en la actualidad de “posguerra”,  los salvadoreños somos “ciudadanos del cosmos.”  No es el cosmopolitismo en el mismo sentido de sofisticación urbana que caracteriza a ciudades globales como Nueva York, Hong Kong, Dubai, Amsterdam, París o Londres, pero sí que somos un experimento en lo pos-nacional.

Solo hace falta pensar en la noción del hermano lejano, que ya de por sí es un reto a la identidad nacional, donde se confunden conceptualmente lo local y lo global.  Luego está la economía que depende de las remesas familiares que proceden en su gran mayoría de Estados Unidos, donde residen 2.7 millones de salvadoreños y que representan el 17 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).  Con su serie fotográfica “Estilo hermano lejano” el artista salvadoreño Walterio Iraheta documenta una arquitectura “local” propia que ha surgido de las remesas de los que viven fuera y mandan dinero para que sus familias construyan gradualmente sus casas.  Los patrones recurrentes de esta fusión arquitectónica de lo local y lo global  convergen en un estilo caracterizado por la construcción progresiva y la mezcla de influencias barrocas, kitsch y elementos decorativos que revelan influencias internacionales.

Así es que nuestra variante salvadoreña del cosmopolitismo incorpora facetas de lo provincial y lo global en un curioso sincretismo cultural.  Por ejemplo, hace poco me sorprendí de que un campesino en una zona rural aislada, sin agua ni luz, me señalara un ave  “con el copete como la Rihanna.”  El hombre quería que me fijara en una urraca, pero su referencia a la estrella de música mundial me hizo reflexionar sobre la forma en que había incorporado un símbolo cultural como Rihanna en su cotidianidad de una manera tan orgánica.

Este sincretismo de lo local y lo global satura la cotidianidad creando combinaciones de productos y prácticas culturales que parecen piezas posmodernas que retan la modernidad con una defensa de la cultura popular, la hibridación, el eclecticismo y un elemento comercial.  En la capital pasa un bus típico salvadoreño con un cartel atrás que anuncia una gaseosa “a solo dos coras” y las carteleras de las multinacionales Coca-Cola, Netflix y Starbucks sugestionan constantemente con un collage de cultura y bienes estadounidenses.  Ayer compraba fruta de una carreta humilde pintada con el nombre transcultural “Mango Twist” y hoy sin pensarlo dos veces pagamos la sopa de gallina india con la moneda nacional, el dólar.

Hace poco estaba en el aeropuerto de Comalapa a medianoche, esperando el aviso de abordaje en la sala de Delta.  Me encontré entre una mujer que iba a visitar a su hija que vivía en Atlanta hacía seis años y un adolescente salvadoreño que se salía de la sala a cada rato en su terquedad de buscar y capturar Pokemon.  Me puse a fijarme en los demás viajeros, algunos con una clara intención de hacer turismo y otros que regresaban a hogares más permanentes.  Pensé en el trabajo teórico de Kwame A. Appiah donde propone que los verdaderos cosmopolitas son los que difícilmente consiguen visas y permisos de viajar pero que se nutren del imaginario global construido por el neo-colonialismo, los medios de comunicación y las diásporas.  Sería casi imposible ya desenmarañar lo local de lo global. Es  más, no tendría sentido hacerlo; para una gran parte de los salvadoreños como el campesino conocedor de Rihanna y la vendedora de mangos con una inclinación por el inglés, proyectarse en un imaginario global se convierte en una estrategia para resistir las exclusiones y las indignidades de lo local.

WJT Mitchell — Notes on Picture Theory

In analyzing the “pictorial turn” in his book Picture Theory, Mitchell begins by raising important questions about how images reference t...