Wednesday, May 11, 2016

KENNY RODRÍGUEZ: OTRO TRAZADO LIRICO EN LA «ALDEA GLOBAL»

Por Rigoberto Rodríguez Entenza, Bloguero invitado (*)


El término «aldea global» es un constructo que se sostiene gracias a fundamentos de apariencia lógica; pero en su círculo no se incorporan muchas áreas de la realidad. En ese afán de formular paradigmas, dígase cánones; porque se suele olvidar algo sencillo y natural, como el agua: la vida es más intensa y frondosa que dos palabras, sobre todo cuando ellas dejan en la orilla difusa, doliente, ciertas zonas espirituales e intentan definir límites intransitables, es decir, trampas. En ese perímetro representativo, muchos condimentos esenciales no respiran con la misma intensidad el aire contenido en el globo. Si hablamos de una forma del conocimiento tan vasta y diversa como la creación literaria, en particular de la lirica, debemos afrontarlo con la certeza de que hallaremos lo inesperado.
La lírica hispanoamericana es conocida en sus potenciales lectores por las voces canónicas; pero hay también otras afluencias y es necesario poner bajo el cenital a quienes merecen un sitio en ese escenario, porque son frutos «redondos y frescos», como diría Pedro Salinas (1891-1951), y ofrecen nuevos y hermosos matices. Lo que en varios países es tratado como «estudios regionales» puede aportar, con mucho, a ese libro inmenso que configura la literatura de América Latina.

Si se toma por caso esa orgía comunicativa que es internet, y si se es prudente en el criterio de selección, entre mucha hojarasca también es visible un conjunto creado con suficiente rigor. No se puede soslayar el murmullo de profundo arraigo que pervive al margen de lo instituido por los centros de poder intelectual y sus moldes establecidos. Gracias a las nuevas dimensiones de lo comunicativo es posible dilucidar cómo se van incorporando otros modos de hacer, con sus modulaciones, aullidos, con su ansia de hallar representaciones propias en el bosque de ideas y formas que la poesía suma. Es ya una perogrullada que en esa zona espiritual que llamamos «otredad» hay una música que busca incesantemente su interlocutor. 

XV
Yo me subí a los trece años
y llegue a odiar los rieles
y el tren.
[…]

La autora de estos versos (Kenny Rodríguez, El Salvador 1964)  es una entre esa hornada – numerosísima – de voces que apuestan a la capacidad representativa de la palabra, a sus infinitas posibilidades de mutación. En América Latina hay una tradición literaria que ha madurado su discurso. Desde las raíces culturales euroafricanas supo erigir un corpus auténtico, capaz de representar su memoria, desde los símbolos.

Para una persona medianamente informada del quehacer literario de mediados del siglo XX en adelante, hasta el alba del XXI, son afines – verbigracia – autores que ya pertenecen al canon; como los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y Julio Cortázar (1914-1984); el mejicano Octavio Paz (1914-1918); los venezolanos Andrés Eloy Blanco (1897-1955) y Ramón Palomares (1935); los nicaragüenses Rubén Darío (1867-1916), Ernesto Cardenal (1925-) y José Coronel Urtecho (1906); los chilenos Vicente Huidobro (1893-1948), Pablo Neruda  (1904-1973) y Nicanor Parra (1914-2014); el uruguayo Mario Benedetti  (1920-2009); los cubanos José Martí (1853-1895), Nicolás Guillén (1902-1989), Dulce María Loynaz (1902-1989), José Lezama Lima (1910-1976), Eliseo Diego (1920-1994) y Fina García Marruz (1923), por solo citar de memoria algunos los nombres que por rutina de lectura se ponen a mano.  Pero para quienes se abren paso en los escenarios de la ciudad letrada, si solo se apela a los nombres de los que en algunos medios literarios llaman «vacas sagradas», cuesta sostener un intercambio sólido; no solo para colocarse – eso forma parte de las metas del oficio –, sino para dialogar y buscar sitio en los espacios de intercambio y para comprender a cabalidad los rasgos de los discursos nacionales y sus aportes a la literatura latinoamericana.

La dispersión y la poca profesionalidad de la mayoría de las publicaciones periódicas han dejado un mar de textos en cuya extensión no es fácil hallar la palabra fiel ni la calma de lo bien digerido. Por eso es preciso disponer notas sobre particulares que tienen como fin proponer nombres y obras que ayudarían a organizar el conjunto de cada literatura para una mejor lectura, de la realidad y de la lírica de pueblos como El Salvador, donde un poeta de la talla de Roque Dalton (1935-1975) anuncia la altura humana de sus semejantes desde una lengua de pasiones y rabias. Pero donde hay otros exponentes, como Otoniel Guevara (1967), Amílcar Colocho (1965-1990), Leyla Patricia Quintana (1967-1991), Jorge Canales (1957) Lya Ayala (1973), Alberto López Serrano, (1983) y Luis Borja (1985) – solo cito algunos nombres –, que dan fe de una obra colectiva de discursos coherentes con el tiempo que cantan y diversos, por eso mismo, exaltables, como la fronda de lo humano.

Describir la curiosidad que despiertan poetas de «ciertas» zonas de la lírica escrita en lengua hispana es abrir un camino y dejar que sobre él fluya el río de la memoria, los senderos transparentes donde se revelan maneras de SER/PENSAR, como parte de una cosmogonía que opera desde los símbolos y mediante ellos configura una producción de nuevas dimensiones humanas.

[…]
Si reí entonces
no fue la sonrisa limpia
que me nace de los ojos
yo creía vivir
y completaba cuadernos
y me imaginaba que un decapitado
era una coincidencia absurda
en mi paseo.

Cada país urde sus propias madejas; pero no falta en ninguno el matiz de la indagación el lo que se anhela: «Ser o no ser» diría Williams Shakespeare (1564-1616). Con un pasado de colonización, de exterminio, dictaduras, desapariciones y otros actos bárbaros que ha desarrollado la «civilización» occidental en estas tierras del sur, la lírica de estas regiones también está marcada por un constante contrapunteo en las relaciones de poder y con la reubicación constante de los conceptos de dichos nexos y funciones sociales. Pero en todo ello no ha faltado la vocación de resistencia que se heredó de quienes desde la marginalidad evocaron la intensidad de la naturaleza y de mayores o menores grados enunciativos se buscaron en el verbo para renacer como la palabra.

De tal manera, leer a una mujer que traza su dibujo más hondo con/en la palabra, como Kenny Rodríguez, es servirle de caverna a aquel grito que lanzaron los ancestros, cuando los barcos empezaron a hincar estas tierras que ahora sirven de escenario a otro relato humano.
Sus textos contenidos en Libro Secreto (2011)  o Cárcel de mujeres (2011) son testimonio de una visión ontológica que va desde el sujeto hacia sus dimensiones plurales. Cada vez que se refiere a sí misma se busca una explosión de significados que ocupa un espacio social de dimensiones mayores, pues las mutaciones de sí misma le permiten enunciados de gran alcance humano.

Soñé y soñé y seguí soñando
el descabezado de mi infancia
no pude más jugar a las muñecas
que se les cae la cabeza, mamá
y me da miedo.

Sin ansiedad por lo «pulcro», ni en los contenidos ni en la forma, Rodríguez concentra su discurso en la sinceridad y en las «sonoridades difíciles» que José Martí ponía como condimento ineludible, pues sin esas músicas la verdad no sería tal. Por eso pudiera el lector encontrarse con premios reales que parecen obra de la literariedad; pero eso solo ocurriría si se ignorara u olvidara – eso sería peor – la historia bárbara de Latinoamérica y en particular de un país como El Salvador, sumido en una guerra que devoró al menos dos generaciones. 

[…]
y me imaginaba que un decapitado
era una coincidencia absurda
en mi paseo.
Pero escale mi conciencia
y la encontré tan triste
y reconstruí cada escena
grabadas desde mi niñez
cementerio negro y profundo
muerte en cada piedra
muerte en cada rincón
muerte    muerte    muerte.
[…]

La obra lírica de Kenny Rodríguez vibra sin más oropeles que su entramado sociocultural y su articulación en la lengua; pero como nada contextual es arbitrario, a su condición de sujeto subalterno, ubicado en regiones sociopolíticas desfavorecidas, debe agregarse su condición de mujer, asediada por un machismo que en América Latina ha dibujado cicatrices de una costura demasiado ancha para no ponerse como premisa al justipreciar un suceso cultural.

[…]
De vos, ni un solo gesto queda
tan sólo el pincel de tu recuerdo
que te dibuja en mi soledad,
ya no volveré a tus labios
ni a tu almohada piedra de volcán.
[…]
en punto del disparo
con profundo amor
a mis compañeros
y el odio más temido
a la implacable ave de rapiña
enemiga del futuro, del amor
y nuestra lucha.
[…]
Es quizá esa misma condición, de mujer y madre, la que lleva a la guerrillera a detenerse y escribir textos de resonancias que horadan, para bien, la sensibilidad humana. 
[…]
También tuve un primo
que jugó a las mujeres
con mi cuerpo,
[…]

En Niño en medio del combate, se repite una constante que subyace en la obra de la autora y viene de la mejor tradición hispana: la fabulación. Se proyecta una fábula donde lo anecdótico se sobrepone a su propia expresión para ir hacia connotaciones que se «fugan» de la palabra y la enaltecen. Una pequeña historia, colocada con precisión, sin ir hacia una tropología ardua, logra en cambio transgredir sus límites  aparentes y ubica a quien lee en una encrucijada ética que solo tiene una lectura: los niños, como parte débil de los conflictos bélicos, representan esa gran inocencia, esa gran masa que no se reconoce el «lugar equivocado» porque está en su lugar y otros han equivocado el camino para llegar hasta ese sitio donde la palabra muerte ha de ser repetida tres veces.

[…]
Tu pequeño corazón
no comprende argumentos
[…]

Tras esta búsqueda de su propia existencia, en los centros de cada círculo que se abre y regresa en esa imagen dúctil, la humanidad de Kenny Rodríguez borda su espíritu  en la memoria, para luego dejarnos una idílica visión del futuro. Con lo áspero de los días y con la ternura de sus sueños, fue ubicando pautas y en cada una de ellas dejó una muestra de fe en el verbo que no solo expresa, pues, además, construye. La identidad texto-sujeto es un signo de grados esenciales; pero no porque lo informativo sea primario y quede en esa intención sino porque logra evocarse a sí misma y a su entorno y porque desde allí logra una puesta de luz que humana el verso. Cuando advierte «Te regalo mi presencia,/ en ella el amanecer»// hay más que un aviso, hay una cosmovisión, un sentido en el que la poesía es significado de la integridad de los días que se vivirán cuando esa palabra encuentre el otro ser que está en medio del diálogo entre el sujeto y sus interlocutores imaginados. Ellas y ellos han de lidiar con ese pasado para disfrutar el universo sensorial que prevalece en los textos y en cuyo conjunto no falta el eros, tamizado y convertido en una palabra siempre nueva, dotada del sutil encanto del arte, aún cuando haya necesidad de enunciar con ardor y desgarramiento. Para ello la autora sentencia «a sombra de mis piernas,/ sin más vino/…». Con ello devela un cosmos que labra los laberintos humanos, con todos los tajos que han cercenado su existencia; pero sin dejar a un lado la certeza de un espacio nuevo, un tejido donde las puntadas de la libertad dibujan los anhelos con hilos de la luz.

(*)Rigoberto Rodríguez Entenza es un escritor cubano.  Se le agradece su participación aquí como Bloguero invitado a Legacies of War in El Salvador. mayo 2016

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