Recordando el 30 de julio de 1975: Teorema de desubicación de Víctor Crack Rodríguez

Teorema de desubicación Crack Rodríguez 301 de julio de 2013
En el marco de la conmemoración de los 40 años de la masacre de estudiantes en una marcha de la UES en 30 de julio de 1975, se considera la arte-acción Teorema de desubicación (2013) de Crack Rodríguez.


Una parte de la propuesta artística de Víctor Crack Rodríguez cuestiona los usos formularios de la memoria y las construcciones políticas de la realidad social.  El artista interviene en plazas públicas, en conmemoraciones, en espacios emblemáticos y en procesos nacionales y propone otras maneras de vivir y experimentar esos espacios.  Víctor Crack Rodríguez llama sus intervenciones, arte-acciones, estos son eventos que el artista caracteriza como experimentos secos; menos actuados, melosos y rígidos que el performance.  La arte-acción incide en la realidad, no es un espectáculo representado con el propósito de entretener a un público.  En una entrevista reciente Crack Rodríguez explica, “Estoy haciendo verbo, eso es arte acción…No vengo a adornar la ciudad, vengo a ser parte del lugar, espacio, y tiempo.”  Mientras que el performance tiene una estructura coreografiada y una propuesta fija, la acción se abre a la posibilidad: “Creo que hay que estar abierto a lo que pueda pasar o a lo que de la situación.  Yo puedo decir que las cosas van a suceder de cierta forma pero al final se desarrollan de otra.  Que la gente del lugar llegue y te de algo de tomar o te peine, eso no lo puedo controlar, no lo voy a controlar.”

Aquí me interesa analizar Teorema de desubicación, una arte-acción relacionada a la memoria del 30 de julio.  Se lleva a cabo el 30 de julio de 2013 en la 25 Avenida Norte en la capital salvadoreña donde soldados de la Fuerza Armada masacraron a los estudiantes de la Universidad de El Salvador en la misma fecha de 1975.  Esta arte-acción responde a lo que Andreas Huyssen conceptualiza como la “cultura de la memoria”, la representación formularia del pasado en monumentos y conmemoraciones que suelen facilitar el olvido y la impunidad.   El artista incide en la procesión conmemorativa del evento para llevar a cabo una acción violenta; agarra un pupitre en medio de la calle y le da contra el asfalto por varios minutos hasta destruirla.  La acción interrumpe el sosiego y el orden de la procesión de la memoria y dificulta el consumo fácil del contenido residual del pasado.  La memoria deja de ser algo liviano y dócil que se puede encapsular en una procesión pacífica o en una narrativa política para convertirse en algo volátil que puede llegar a exigir que el estado responda a la represión y a la injusticia histórica con reparaciones reales.