Monday, November 3, 2014

Cinismo en Audiencia de los confines de Jorgelina Cerritos


Banksy, A tribute to the cynics, 2013.
Audiencia de los confines: Primer ensayo sobre la memoria (2013) de Jorgelina Cerritos es una obra de teatro cuya acción toma lugar en El Salvador tras la firma de los Acuerdos de paz en 1992.  El título de la obra se refiere al primer órgano de gobierno y administración de justicia que se establece en la región en el siglo XVI.  La función primordial de la Audiencia de los confines histórica es resolver las contiendas entre las autoridades en cuanto la gobernación de la colonia y el buen tratamiento de los indios.  Esta referencia a la colonia vincula la situación actual de impunidad con una historia de quinientos años de desmemoria.  En Audiencia de los confines surge una contradicción interesante en la postura de la dramaturga ante la cultura de la memoria.[1]  Predomina un tono cínico en cuanto el proyecto social de recordar mientras que unir los fragmentos de la memoria se ofrece como una solución para resolver la impunidad histórica.
En Audiencia de los confines Jorgelina Cerritos presenta una posición ambivalente ante el trabajo de recordar y dar testimonio sobre el pasado.  La obra abre con una escena de noche en una plaza donde yacen inertes tres personas: Carola, Alonso y Mauro.  El reposo de los tres se interrumpe cuando Carola oye campanas que señalan un largo esperado juicio que traerá la “luz de la mañana” que se lee como una metáfora de la justicia.  Carola anuncia: “Después de la noche más oscura vendrá por fin la luz de la mañana al tercer tañido de campana…la hora del juicio ha llegado y su luz disipará las sombras.  La gran audiencia nos espera” (Conjunto 167, 62).  La profecía de Carola presenta la problemática de la impunidad de posguerra; la “paz” se basa en una noche eterna de impunidad.  De modo que la inercia de los personajes en la escena inicial se basa en una especie de suspensión de la justicia.  Cuando las campanas siguen tocando y no llega la luz del amanecer, Carola incita sus compañeros a hablar sobre el pasado para sacar a luz  “la verdad”; ella cree que sólo así llegará el amanecer para que se de una audiencia pública.  Sin embargo, después de compartir sus historias de la guerra, la noche persiste.  Cuando los tres terminan contando sus historias y uniendo los fragmentos de un mural histórico, un destello luminoso inunda el cielo, pero vuelve la tiniebla y permanece una “impenetrable oscuridad.”  Con esto la dramaturga sugiere una propuesta polémica; el acto de recordar y de testimoniar es intranscendente.    
En Audiencia de los confines se expresa el desencanto de posguerra con un tono cínico en cuanto el proceso colectivo de recuperación de la memoria.[2]  Mientras Carola insiste en una verdad absoluta que hay que encontrar “para reconstruir la historia, para recuperar la memoria y para conocer la verdad”, Alonso y Mauro no quedan convencidos (Conjunto 167, 76).  Alonso, por ejemplo, prologa sus recuerdos con mucha vacilación, “No estoy seguro si lo que recuerdo es la verdad.  Lo más seguro es que no lo sea porque lo que recuerdo es solo una pequeña parte, lo que no he podido olvidar” (Conjunto 167, 77).  Después de contar sus memorias y al ver que aún no amanece, Alonso y Mauro deciden que hablar sobre el pasado “fue una trampa” porque reconocen que no se puede decir toda la verdad.  
                        Alonso: Yo lo advertí.  Con tanto tiempo cualquiera confunde la historia.
                        Mauro: La verdad siempre cambia…
                        Alonso: …es una para unos y otra para otros.
                        Mauro: Con razón nunca amanece…        (Conjunto 167, 77). 
El cinismo que expresan Alonso y Mauro parte de la imposibilidad de recuperar el pasado ya que la memoria siempre es una narración parcial y subjetiva.
            Por otra parte, el cinismo en Audiencia de los confines llega a su culminación en el hecho que la subjetividad de posguerra depende de la destrucción del sujeto histórico.  Según Beatriz Cortez: “el cinismo lleva al individuo a su propia destrucción”(Estética de cinismo, Cortez 38).  Alonso presiona:  “¿Acaso hay algo fuera de estos pilares? ¿Alguien nos espera? ¿Ya no hay nadie, ha pasado demasiado tiempo y demasiadas cosas…¿Qué van a hacer si esa calle se llena de luz y de gente? ¿A dónde quieren volver?  Nadie los conoce, nadie los recuerda.  Ni nosotros mismos.  Nos fuimos con el tiempo perdido y yo no quiero saber lo que hice ni lo que fue de mí”(Conjunto 167, 73).  En su discurso Alonso plantea que los sujetos y los espacios del tiempo de la guerra más reciente ya no existen.  El pasado se ha perdido y en su lugar están tres sujetos inertes desplazados de la historia que se encuentran en una plaza vacía en una noche eterna de posguerra.
Como se dijo antes, en Audiencia de los confines hay una postura contradictoria en cuanto el mérito de la cultura de la memoria.  A pesar del tono cínico en cuanto la posibilidad de saber “la verdad” histórica, la acción de unir los fragmentos de la memoria se presenta como una solución posible a la noche eterna.  Al final de la obra Mauro encuentra botados pedacitos de azulejos del mural histórico “La armonía de mi pueblo” de Fernando Llort de la Catedral Metropolitana de San Salvador.  El mural fue destruido en 2011 por las autoridades de la Iglesia Católica.[3] Ninguno de los tres personajes sabe de qué se tratan los pedazos pero empiezan a reconstruir el rompecabezas comentando que deben faltar un montón de piezas.  A pesar de que la obra termina en la oscuridad de la noche, el símbolo del rompecabezas sugiere que si se lograran colocar todas las piezas que podrían llegar a recuperar el pasado.  Este símbolo del mural histórico roto vuelve a reiterar el concepto de Carola de una verdad absoluta que se podría recuperar en colectivo. 
Con todo, Audiencia de los confines es una obra que presenta una postura ambivalente sobre la cultura de la memoria en la posguerra.  A lo largo de la obra Carola insiste en el valor de testimoniar sobre el pasado para la recuperación completa de la memoria, la historia y la verdad.  Alonso y Mauro, en cambio, encarnan la estética de cinismo y la formación de una subjetividad precaria en la posguerra.  Es más, ninguno de los dos está convencido de que recordar y hablar sobre el pasado sea una actividad fructífera para la sociedad.  En este sentido Audiencia de los confines se parece a Mi vida después de Lola Arias y a Los rubios de Albertina Carri donde las prácticas de la memoria enfatizan la ausencia en vez de la recuperación del pasado.  En fin, en Audiencia de los confines se hace una fuerte crítica a la “posguerra”.  En vez de representar la sociedad con una escena armoniosa de paz, Cerritos representa la actualidad como una noche eterna llena de silencios cargados, espacios vacíos y poblada de subjetividades precarias. 



[1] En Trabajos de la memoria, Elizabeth Jelin propone la cultura de la memoria como el trabajo social activo de recordar a través del diálogo, el debate, la reflexión y la negociación pública. 
[2] En contraste con la estética utópica de los procesos revolucionarios, Beatriz Cortez llama estética de cinismo a la producción cultural de posguerra de Nicaragua, El Salvador y Guatemala (Estética de cinismo, Beatriz Cortez 2009). 
[3] Los azulejos del mural representan una parte del “archivo” en el sentido de Diana Taylor.  Diana Taylor define el archivo como: the “documents, maps, literary texts, letters, archaeological remains, bones, videos, film, CDs, all those items supposedly resistant to change” (The Archive and the Repertoire 19).

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