La “nueva” escritura salvadoreña

Luis Cornejo Steph 2012, Museo MARTE San Salvador, El Salvador
¿Cómo podemos conceptualizar la relación entre las generaciones literarias salvadoreñas a partir de la firma de los acuerdos de paz en 1992?  

En Los prisioneros de la torre (2011) Elsa Drucaroff reflexiona sobre cómo la escritura generacional imprime las huellas del tiempo histórico y de las condiciones socio-políticas.  No se trata de imponer una definición rígida y cerrada a la literatura sino de identificar, en un sentido amplio, “cierta entonación, de ciertos procedimientos y manchas temáticas tendencialmente recurrentes”.  Drucaroff previene contra la fetichización de la “nueva” escritura puesto que esta no se basa en la innovación sin antecedente alguno sino en lo “nuevo” como una reformulación de lo anterior.  Es decir, lo “nuevo” no suplanta lo anterior sino que carga con el peso de la historia.

Drucaroff trae a colación el modelo generacional de Ortega y Gasset.  Ortega propone la coexistencia de dos generaciones que negocian la representación de la realidad social; una generación emergente formada por personas entre los treinta y los cuarenta y cinco años de edad y otra generación, en su pleno predominio, formada de personas entre los cuarenta y cinco y sesenta años de edad.  Pensando en el contexto literario salvadoreño, las dos generaciones vitales y activas hoy en día, según la fórmula de Ortega, serían los escritores nacidos entre 1954 y 1969 y los escritores nacidos entre 1970 y 1984.  El marco de la generación anterior entonces incorpora a escritores como Miguel Huezo Mixco (1954), Jacinta Escudos (1961), Roger Lindo (1955), Horacio Castellanos Moya (1957), y Carmen González Huguet (1958), por mencionar sólo a algunos.  La generación emergente incluye a autores y poetas como Claudia Hernández (1975), Krisma Mancía (1980) y Jorge Galán (1973).  Sin embargo la receta casi matemática de Ortega es problemática desde un principio por la sobrestimación del significado de la edad biológica.  Con esto excluye a los menores de treinta años y a los mayores de sesenta años y no toma en cuenta que la juventud y la vejez son construcciones sociales que van cambiando.  Esto nos presenta con uno de los límites más tajantes de la receta de Ortega y Gasset; en el contexto salvadoreño este modelo sugiere que escritores como Claribel Alegría (1924), Manlio Argueta (1935), Roque Dalton(1935), y David Escobar Galindo (1943) ya no intervienen en la representación cultural del país y que los escritores jóvenes como Miroslava Rosales (1985), Vladimir Amaya (1985) y Mario Zetino (1985) todavía no tienen voz en esta.

Con todo, la receta de Ortega y Gasset excluye a una gran parte de los escritores que siguen siendo pilares culturales y a otros que, a pesar de su temprana edad, ya se han destacado como voces culturales de sustancia.  A pesar de las claras limitaciones de Ortega es interesante considerar el modelo de múltiples generaciones activas que negocian la representación cultural.  Elsa Drucaroff examina la tensión de una generación que emerge sobre las traumas, traiciones y obsesiones de una generación mayor y arguye que es difícil que la generación “nueva” penetre en el campo cultural establecido por una generación anterior.  De ahí viene el título del libro de Drucaroff, Los prisioneros de la torre; la nueva generación de escritores tiene una voz cultural siempre y cuando hacen eco de los temas que propone la generación anterior.  En su opinión, ¿Cómo se relacionan las generaciones literarias salvadoreñas?