Saturday, October 5, 2013

La traición de Walter Raudales: Comentario de texto



Por Evelyn Galindo-Doucette
Madison, Wisconsin.- Leer La traición: su parte más obscura (2008) de Walter Raudales, me da la misma sensación de vértigo que sentí cuando leí Los detectives salvajes de Roberto Bolaño y también la que sentí leyendo El Quijote. En el caso de Los detectives salvajes fue aguda la experiencia de perderme entre la ficción y la realidad porque leí el mamotreto en una clase con el profesor Rubén Medina, uno de los fundadores del infrarrealismo mexicano que aparece en la novela de Bolaño como Rafael Barrios. Por otra parte, El Quijote está repleto de ejemplos metaliterarios como los Condes, personajes ficticios de la segunda parte que anticipan las reacciones de Don Quijote y de Sancho basándose en su lectura de la primera parte del libro. Esa sensación de leve mareo me acompañó en el espacio que elabora Walter Raudales; media invención literaria, media sociedad salvadoreña.

En La traición aparecen personajes, que por los nombres y las descripciones, deducimos que señalan a personas de la actualidad y de la historia reciente del país. Uno de los protagonistas principales, Merlin Gálvez (por la semejanza entre los nombres se supone que este es Marvin Galeas), es el máximo ‘principe de las tinieblas’ de una sociedad de traidores, según lo pinta Raudales. En un momento de la novela Merlin Gálvez descubre que Ana Morena Blandines (podemos suponer que es Ana Guadalupe Martínez), un ícono femenino de una guerrillera salvadoreña vuelta celebre por su libro de testimonio Prisiones secretas, también traiciona al pueblo después de la guerra cuando es diputada de la Asamblea Legislativa. Heráclito Maya, un renegado que escribe asquerosidades de los salvadoreños recuerda a Horacio Castellanos Moya. Merlin se reúne con Heráclito en Las brujas, un bar y restaurante y allí hablan con desprecio de las novelas de Manlio Argueta y hasta del autor del best seller: Amor de jade y El secreto (Walter Raudales). Raudales menciona por nombre al padre Jesuita Ignacio Martín Baró y aparecen otros personajes cuyas descripciones y nombres traen a mente gente de la sociedad y política actual.

Desde este espacio metaficcional Raudales hace una crítica mordaz a la sociedad salvadoreña que, en la novela, padece de una plaga de traición que los protagonistas pretenden curar con una «pastilla mágica» para apaciguar el sentimiento de culpa sin tener que rendir cuentas o cambiar el comportamiento en la actualidad. El libro termina con Merlin Gálvez parapléjico a causa de las pastillas mágicas y castigado al absoluto olvido: «Con el tiempo nadie lo recordó. Ni su familia mencionaba su nombre».

Mientras las acusasiones que plantea la novela no son invento de Walter Raudales (muchas ya las había oído en otras ocasiones), me parece problemático cómo el libro promueve el mito del traidor desde detrás del telón de la ficción. Hoy en día, la debilidad ideológica que suponemos en el «traidor» salvadoreño de izquierda tiene sus antecedentes, en parte, en la guerra de los 80; en el dogmatismo estalinista que creó un ambiente panóptico de compartimentación con base en el secreto y en la disciplina. Vemos cómo los partidos políticos actuales siguen purgando los «traidores» de sus filas. Sin embargo, hay que reconocer que estamos en otros tiempos y que hoy en día una política que exige obediencia sin discusión huele a caciquismo. Creo que es necesario seguir ampliando el panorama socio-político para poder incluir el pluralismo y la variedad de personalidades y de opiniones que son sumamente necesarias en una sociedad democrática.

(*) Columna primero publicada en contrACultura 12 de agosto 2013.

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