Saturday, April 20, 2013

Boston

Por Evelyn Galindo-Doucette (*)

MADISON, WISCONSIN-Poco después de las explosiones de esta semana en Boston, se tuiteaban las fotos de cuerpos desplomados y de la acera salpicada con sangre y melena.  En la mayoría de estas imágenes, es claro que las víctimas no advierten nuestra presencia.  Como es de esperar, están sumergidas en la inmediatez del momento, en su propia corporalidad, y no se fijan en el mar de espectadores detrás de la cámara del axiomático fotógrafo arrodillado.

Somos un público que clama por ver; unos miran por compasión o miedo, otros, indiferentes al sufrimiento de los demás, miran para satisfacer alguna curiosidad fugaz.  De vez en cuando en las fotos de Boston, nos encontramos con ojos que resisten nuestro deseo de penetrar en la vulnerabilidad del momento.  En una de éstas, una mujer de poncho amarillo se agacha al lado de una víctima; su mirada fija es una armadura que reprende el impulso voyeurístico del espectador.  El caos es marcado.  Hay un nido de personas inclinadas sobre el cuerpo y una lluvia de manos activas que se pierden en el frenesí del instante.  Alguien se ha quitado la camisa y la usa como una venda con la que envuelve la pierna de la herida.

Sin embargo, da no sé qué un veinteañero parado un poco fuera del círculo.  Balancea su IPhone y una botella de agua en una mano y una bolsa atlética en la otra.  Se ve la titilación en su expresión y, en contraste con el alboroto de los demás, sus manos se suspenden en la labor de tomar una foto.  Lo descubrimos en el acto de representar el dolor y la fragilidad de la víctima para nosotros; un público hambriento de imágenes.

(*) Publicado en ContrACultura el 19 de abril 2013

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