Monday, January 21, 2013

Nuestro Baile con serpientes *

MADISON,WISCONSIN-La inmoralidad, el excremento, la mugrosidad, los cadáveres, el canibalismo, lo apestante y la bestialidad son aspectos de la humanidad que la sociedad considera despreciables. Reconocemos la presencia de lo abyecto porque nos da náusea, nos inspira miedo y nos despierta la adrenalina. Sin embargo, justo antes de repugnarnos, lo abyecto atrae al ser humano y éste se asoma ante él y se deleita de lo prohibido.  
Delimitar “lo abyecto” es una labor continuamente necesaria para el sustento de la identidad. Resistimos con vehemencia todo lo que nos recuerda nuestra propia fragilidad, mortalidad y animalidad. De modo que cuando nos enfrentamos con lo abyecto, nuestra identificación con éste nos incomoda y provoca el rechazo:
Desperdicios y cadáveres ... me muestran lo que definitivamente hay que hacer de un lado para poder vivir. Estos fluidos corporales, esta impureza, esta mierda son lo que la vida resiste, apenas y con dificultad, por la muerte. Allí estoy en el límite de mi condición de estar vivo. Mi cuerpo se libera, como un organismo vivo, de esa frontera.1
El lector de Baile con serpientes (1996) de Horacio Castellanos Moya se encuentra con lo abyecto primero en don Jacinto, un personaje mugre que apesta a orina y alcohol. Vive en su Chevy amarillo y sale para renquear por la ciudad hurgando desperdicios de basureros, emborrachándose en los bares, y participando abiertamente en actos sexuales que la sociedad considera “inmorales.” Eduardo, el protagonista, mata a don Jacinto, le quita las llaves del Chevy amarillo, y asume su identidad.  
Se puede razonar que el Chevy amarillo representa la frontera con la abyección. Al abrir la puerta a ésta, Eduardo se siente agobiado por lo abyecto: "el tufo rancio casi me noqueó ..."(22). Al mismo tiempo Eduardo se deleita de haber descubierto el espacio íntimo de la abyección: “Sentí una alegría inédita, abrumadora, porque ese espacio ahora me pertenecía, era sólo mío, para siempre" (23). Sin embargo cuando se da cuenta de la presencia de culebras en el auto, Eduardo responde físicamente a lo abyecto: “El terror me paralizó. No cabía ninguna duda: eran culebras, serpientes quién sabe de qué clase, que habían estado escondidas en las ranuras del auto. Permanecí inmóvil, tratando de controlar mi corazón desbocado, de aclarar mi mente, de no dejarme acabar por el horror extremo” (23). Moya intensifica aún más el doble juego de lo abyecto a través de la personificación de las serpientes y al elaborar escenas eróticas entre Eduardo y éstas.
Es por todo esto quizás que he notado que la gente recomienda Baile con serpientes con cierta aprehensión. Hoy por ejemplo estábamos sentados un grupo de amigos en un café y surgió la plática de esta obra. La recomendación se dio con una explicación tambaleante, “…un libro extraño, pero no lo vas a poder soltar…asqueroso, pero buenísimo…violento al tope, pero se lee fácil.” La verdad es que la abyección en Baile con serpientes termina llenando al lector de contradicciones. Lo pone a uno cara a cara con su propio encanto subconsciente con lo perverso. En fin, nos identificamos con el baile con serpientes metafórico de Eduardo, y esa danza con la fantasía prohibida nos desorienta porque en la misma medida que la rechazamos, nos fascina. Es un libro tremendo. No te lo pierdas.
*Publicado en ContraCultura 20-1-13

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