Monday, December 31, 2012

El asco de Horacio Castellanos Moya en 2013 *


[Soy ciudadano del mundo. Diógenes el cínico]

Pocos personajes han causado tanta polémica en El Salvador como Edgardo Vega, el protagonista desagradable y neurótico de El asco (1997) de Horacio Castellanos Moya.  El asco es el largo monólogo de Edgardo Vega acerca de la repulsión que le inspira todo lo que experimenta en San Salvador como la Pílsener y las pupusas “diarreicas.”  La crítica ha propuesto que en su diatriba en contra de la cultura y el patriotismo salvadoreño, Vega ejemplifica el sujeto desencantado y cínico de “la posguerra.”  Con todo, el tono de Vega no puede explicarse como desencanto dado que en Vega no hay evidencia de un encanto nacional previo.  El protagonista indica sin ambages que no dejó el país por la política ni por la guerra sino más bien porque el país, desde antes de la guerra, le daba asco.  El monólogo de Vega, en cambio, anuncia una renovada ética humanitaria y cosmopolita que reemplaza la identificación nacional.   
Con su pasaporte canadiense en mano, Edgardo Vega, emerge de una lectura en los umbrales del 2013 como un flâneur del cosmos (universo) en el sentido que Kwame Anthony Appiah designa como un “ciudadano del mundo.”  En vez de desencanto, el tono impúdico revela cándidamente que Vega no sólo espera sino exige mucho de la humanidad.  Vega valora la experiencia humana como una expresión que se da a ver en el arte, la literatura y la historia y una de las críticas más fuertes que hace a la cultura salvadoreña es la falta de expresión artística: “ni libros, ni exposiciones, ni obras de teatro, ni películas, absolutamente nada…” (76). 
La ética cosmopolita de Edgardo Vega convierte el patriotismo en un valor sin sentido puesto que favorecer a ciertos grupos como la familia o otros ciudadanos implica darle la espalda al resto de la humanidad.  El hecho de que no siente ningún compromiso con su hermano es clave.  Ivo imagina y supone que hay una relación fraternal entre él y Edgardo Vega, su hermano.  Edgardo, a cambio, rehusa aceptar el mérito de una relación basada en el azar de compartir nada más que la misma sangre: “Mí hermano Ivo y yo somos las personas más distintas que podas imaginar, Moya, no nos parecemos absolutamente en nada, no tenemos ninguna cosa en común, nadie creería que somos hijos de la misma madre, somos tan distintos que nunca llegamos a ser amigos, apenas un par de conocidos que compartíamos padres, apellidos y la misma casa, me dijo Vega” (36).
En el contexto actual, El asco cobra un sentido que responde a cómo el sujeto salvadoreño de hoy en día se imagina en el mundo.  Debo aclarar que el tono cínico de Edgardo Vega y la manera en que critica la cultura salvadoreña no se pueden negar, pero Vega no lo hace por desencanto, sino en base de una ética cosmopolita que se sustenta de los flujos globales de personas y de información. 
*Publicado en ContraCultura 7-1-13

Monday, December 24, 2012

Apuntes de la deshumanización: La Vía crucis del pueblo salvadoreño *




[Déjenme ser testigo. Roberto Huezo. Autor del Vía crucis del pueblo salvadoreño]
MADISON, WISCONSIN - Los primeros apuntes para el Vía crucis del pueblo salvadoreño surgieron cuando Roberto Huezo presenció un enfrentamiento violento entre un grupo de guerrilleros y el ejército que duró toda la noche. Huezo describe cómo los soldados llegaron con tanques de artillería pesada y sin piedad, dando fuego con lanzallamas a la vivienda donde habían localizado a los muchachos, matando a los guerrilleros y dejando aterrorizada a su comunidad de Santa Tecla. “Allí nacieron mis primeros apuntes.” Y allí, en los bosquejos matutinos de Roberto Huezo nació el Vía crucis del pueblo salvadoreño (1983-1984).
Poco después, la hermana mayor y el cuñado de Huezo fueron secuestrados por soldados del ejército. Nunca encontraron a su cuñado.
“Durante la búsqueda de mi cuñado, las cuales realizábamos, con mi hermana, cuando nos avisaban que habían cadáveres en las carreteras, o en “el playón”, ó en algunos otros sitios de fuera de la capital y, en las morgues…ya tenía suficientes apuntes para desarrollar la serie de dibujos.”
La historia del Vía crucis ejemplifica la capacidad del arte para ser un punto de encuentro entre la realidad cruda y la imaginación. Sobre todo cuando presenta un testimonio visual, como es el caso del Vía crucis, el arte se convierte en una manera de aprehender la realidad. Según Huezo: “Enfrentar la realidad, de confrontar la realidad, de habérselas con ella, para luego cargar con la realidad y, que la realidad no cargase con nosotros.”
Huezo describe las “circunstancias maravillosas” de estudiar filosofía en la UCA como un taller de pensamiento bajo la tutela de su gran compañero, “Ellacu”: “Llegar a la UCA era para quedarse la tarde, o pasada la noche.” De hecho, fue el Padre Ignacio Ellacuría quien le instó a que dibujara como una forma de exteriorizar las imágenes de bocas y manos contraídas en dolor y de cuerpos heridos y retorcidos que atormentaban a Huezo. Le dijo: “Debes enseñarnos cómo siente el humanista esta deshumanización.” Ellacuría llegó cada lunes por nueve semanas para ver la evolución de su trabajo:
“Uno de esos lunes, creo que el tercero, me dio la noticia de que se le había ocurrido de que esos dibujos, formarían parte de la Capilla Monseñor Romero de la UCA…que formarían parte del <<Vía crucis del pueblo salvadoreño.>>”
Pero Ellacuría tardó en escoger y terminó viendo cerca de ochocientos dibujos. La serie completa hoy consta de más de dos mil dibujos de diferentes tamaños. Según Huezo, los dibujos son su testimonio de cómo la guerra deshumaniza al ser humano:
“Usé tinta aguada, acuarela, carboncillo, pasteles, lápiz, bolígrafo, sumie, sanguina, lápiz conté, y algunas otras medias secas y húmedas para que aquél papel blanco (la nada), enfrentado, a solas en mi estudio, se convirtiera en algo que mi memoria heredaría a la humanitas, dejándome ser testigo. Testigo de una de las más terribles acciones que el hombre puede llegar a realizar: su deshumanización.”1

1 Se realizó está entrevista a través de una comunicación personal con Manuel Roberto Huezo “Dibujos en la UCA” el 30 de noviembre de 2012.
*Publicado en ContraCultura 6-1-13

Tuesday, December 18, 2012

La continuidad del pasado en el presente **



[Los lugares encantados son los únicos espacios que la gente puede habitar.  Michel de Certeau]
MADISON, WISCONSIN Un poco porque no sabía qué más hacer en el momento, tomé una foto.  Me ha quedado la imagen de una guayabera gris colgada sobre un torso de plástico duro.  En la foto el tronco que luce la camisa del Padre Rutilio Grande emerge de la nada como si fuera una instalación pos-moderna del MARTE.  La expresión aturdida de mi madre se ve reflejada en el escaparate de cristal, tendida nebulosa sobre un lado de la camisa de Rutilio Grande, y un desfile de placas conmemorativas se destaca atrás.  Tomé la foto la última vez que estuve en laSala Memorial de Mártires, un espacio que recuerda a los jesuitas de la UCA y a otros trabajadores religiosos que fueron asesinados durante los años de la guerra civil o poco antes. 
En la foto los agujeros que hilaron las balas antes de deshacer su cuerpo parecen innocuas manchas de tinta oscura.  Me pregunto si en un tiempo el color gris de la camisa era un añil fuerte como las camisas que parecían ser un uniforme de los taxistas justo a la salida del Aeropuerto Internacional Comalapa.  A lo mejor ni es gris, sino que un azul desteñido como consecuencia del jabón y la lejía, por colgarla en el sol del trópico, y por darle la buena planchada del tiempo.  No hay remedio, dado el escurridizo arte de la representación, siempre habrá una brecha infranqueable incluso entre las más fieles y éticas representaciones del pasado y la persona, evento, u objeto original.                  
Como hizo notar Roland Barthes, el impacto penetrante de una foto es el efecto de una dualidad que emerge de la imagen; la yuxtaposición inesperada de dos elementos que parecen, a primera vista, paradójicos.  En este caso, un artefacto que representa un pasado colectivo escenificado en un museo y la rememoración personal del sujeto salvadoreño en el presente.
Pero la brecha de la memoria se intensifica; va más allá de la memoria personal y colectiva y trasciende los campos políticos.  Hoy en día están quienes vivieron la guerra, están los “demasiado jóvenes” a quienes la guerra les fue contada, y están los que se fueron y les toca una memoria transnacional mediada principalmente por la comunicación electrónica.  También hay indiferencia, silencio, olvido, amnistía e impunidad. 
En fin, la doble perspectiva que primero descarté como un defecto lamentable de la foto, ahora me parece símbolo de una brecha nacional de la memoria.  Por un lado la foto sugiere una experiencia doble del sujeto que se identifica con las narrativas emblemáticas de la memoria colectiva y con los recuerdos personales que no encajan dentro de los marcos históricos hegemónicos.  Por otro lado también muestra la continuidad del pasado en el presente.  La camisa de Padre Rutilio Grande no se limita a ser un artefacto de la época represiva, sino que está incrustada en la subjetividad salvadoreña actual en nuestra cultura de violencia e impunidad. 
(*) Columnista de contrACultura
(**) Publicado en ContraCultura 26-12-13

WJT Mitchell — Notes on Picture Theory

In analyzing the “pictorial turn” in his book Picture Theory, Mitchell begins by raising important questions about how images reference t...